Entre Xerxes I y Darío III transcurre más de un siglo, pero ambos permiten observar dos momentos decisivos de la historia aqueménida. Xerxes gobernó cuando Persia todavía podía proyectar su poder desde Asia Central hasta el Egeo y presentar al Gran Rey como centro de un mundo casi inabarcable. Darío III, en cambio, heredó esa misma estructura cuando comenzaba a resquebrajarse bajo presiones internas, rebeliones periféricas y, finalmente, la irrupción de Alejandro de Macedonia.
No se trata simplemente de contraponer a un gran conquistador con un monarca derrotado. El interés está en observar cómo un mismo sistema imperial puede parecer invulnerable en una generación y, un siglo después, depender de equilibrios cada vez más frágiles. Xerxes representa la expansión, Darío, la resistencia. Entre ambos se desarrolla una larga historia de poder, ceremonial, conspiraciones y regiones que comienzan a descubrir que el Rey de Reyes también puede ser desafiado.

Xerxes y la idea del Gran Rey
Xerxes heredó de Darío I no solo uno de los mayores imperios de la Antigüedad, sino también una guerra inconclusa contra los griegos. Su expedición del 480 a. C. fue una demostración extraordinaria de capacidad imperial. Persas, medos, egipcios, fenicios y contingentes procedentes de numerosos pueblos avanzaron dentro de una misma maquinaria militar y administrativa.
Ese ejército ha sobrevivido sobre todo a través de los ojos de sus enemigos. Heródoto y la posterior tradición griega convirtieron a Xerxesen la representación del soberano oriental cuyo poder había excedido toda medida. Desde esa mirada, la inmensidad de su ejército, sus riquezas y la amplitud de sus dominios aparecían casi como pruebas de una desmesura que debía ser castigada.
La perspectiva persa era otra. Xerxes era el Gran Rey, heredero de una tradición que concebía el imperio como una reunión de pueblos distintos sometidos a una autoridad central. La uniformidad absoluta nunca fue la base del sistema aqueménida. Lo era, más bien, la capacidad de gobernar la diversidad, recibir tributos, utilizar élites locales y mantener caminos, ejércitos y redes administrativas que conectaban territorios muy diferentes.
Esa diversidad constituía la fuerza del imperio, pero también podía convertirse en su vulnerabilidad.

La entrada de Xerxes en Atenas dejó una de las imágenes más poderosas de las guerras médicas. La ciudad había sido evacuada en gran medida, pero la Acrópolis todavía fue defendida por algunos de sus habitantes. Después de la victoria persa, los santuarios fueron saqueados e incendiados.
Para la memoria griega, quemar los templos adquirió una importancia que iba mucho más allá del daño material. El invasor no solamente había ocupado una ciudad: había atacado el espacio de los dioses. Esa destrucción permanecería durante generaciones como una de las grandes acusaciones contra Persia.
Sin embargo, la relación aqueménida con los cultos religiosos era mucho más compleja de lo que permite aquella imagen. Los persas podían conservar templos y sacerdocios locales, pero también intervenir cuando consideraban que una institución religiosa amenazaba el orden imperial. Xerxes mismo proclamó en una de sus inscripciones haber eliminado un lugar relacionado con los llamados daiva, divinidades o cultos considerados ilegítimos desde su propia concepción religiosa.
La destrucción de un templo podía tener entonces dos lecturas completamente distintas. Para los vencidos era sacrilegio. Para el soberano podía presentarse como restauración del orden. Esta contradicción atraviesa buena parte de la historia imperial, el mismo acto puede ser recordado como violencia por quienes lo sufren y como justicia por quienes lo ejecutan.
Artabano y la muerte de Xerxes
Xerxes sobrevivió a la derrota en Grecia, pero no sobrevivió a su propio palacio. En 465 a. C. fue asesinado dentro de la corte en una conspiración en la que tuvo un papel central Artabano, uno de los comandantes de la guardia real. Conviene distinguir a este Artabano del personaje homónimo que aparece en Heródoto como pariente y consejero de Xerxes antes de la invasión griega.

La muerte del rey tiene algo profundamente paradójico. Xerxes había podido atravesar territorios inmensos acompañado por ejércitos procedentes de todo el imperio, pero terminó siendo vulnerable frente a los hombres que tenían acceso a sus habitaciones.
La conspiración continuó después del asesinato. Las fuentes antiguas discrepan en numerosos detalles, pero Artabano intentó intervenir en la sucesión, aprovechando las rivalidades entre los hijos de Xerxes. Finalmente, ArtaXerxes I consiguió imponerse y Artabano fue eliminado.
El peligro no había llegado desde Grecia, había nacido dentro de la corte.
Reemplazar al hombre alrededor del cual estaba organizado el sistema.
Las monarquías imperiales poseen una contradicción inevitable. Cuanto mayor es la distancia simbólica entre el rey y el resto de los hombres, mayor es también la recompensa para quien logra controlar su acceso. Guardias, eunucos, familiares y funcionarios pueden convertirse precisamente por ello en las personas más peligrosas.

La muerte de Xerxes no significó el comienzo inmediato de una decadencia inevitable. El Imperio aqueménida sobrevivió todavía durante más de un siglo. Conservó enormes recursos, recuperó territorios y continuó interviniendo en los asuntos de Grecia y del Mediterráneo oriental.
Sin embargo, a medida que avanzó el siglo IV a. C. se hicieron más visibles las tensiones entre el centro imperial y algunas de sus provincias. Los sátrapas podían adquirir un poder considerable, las dinastías locales podían rebelarse y Egipto demostró repetidamente lo difícil que resultaba mantener una región tan rica y tan consciente de su propia tradición política.
Ese problema egipcio permite acercarnos al mundo que terminaría heredando Darío III.
Khababash y la resistencia egipcia
Después de décadas de independencia, Egipto fue reconquistado por Artaxerxes III en el 343 a. C. La restauración del dominio persa fue violenta y relativamente breve. Poco después apareció Khababash, un personaje cuya historia sigue siendo fragmentaria, pero que consiguió presentarse como faraón y encabezar una rebelión contra la autoridad aqueménida.

Su importancia reside precisamente en el momento en que aparece. Khababash surge cuando el Imperio persa todavía existe, pero ya no puede darse por sentado que todos sus territorios permanecerán sometidos. El faraón rebelde representa una periferia capaz de apropiarse nuevamente de los símbolos de soberanía local. No se limita a rechazar el dominio persa: intenta reconstruir una legitimidad egipcia.
La corona faraónica no era simplemente una pieza ceremonial, Egipto podía volver a tener un rey propio.
Nastasen y la frontera meridional
Más al sur gobernaba Nastasen, rey de Kush. Una de sus inscripciones menciona la derrota de un enemigo denominado Kambasuten, nombre que algunos investigadores han relacionado con Khababash, aunque la identificación continúa siendo discutida.

La posibilidad resulta fascinante porque nos obliga a mirar el período fuera del acostumbrado eje Persia-Grecia. Mientras los reyes aqueménidas intentaban conservar Egipto, al sur existía otro reino poderoso, con su propia tradición monárquica, sus propios ejércitos y su propia política regional.
Kush no era simplemente una periferia del mundo egipcio. Nastasen aparece entonces como recordatorio de que las fronteras imperiales siempre daban paso a otros centros de poder. Persia podía considerar a Egipto una provincia; los egipcios podían imaginarlo como un reino independiente; y más allá de la primera catarata existía otra monarquía que observaba los acontecimientos desde una tradición distinta.
Darío III
Cuando Darío III llegó al trono en 336 a. C., heredó todavía una estructura formidable. No era el soberano de un imperio derrumbado. Persia conservaba territorios, riquezas, caballería, ejércitos y una administración capaz de movilizar enormes recursos.
Pero Darío tuvo muy poco tiempo, ese mismo año Filipo II de Macedonia fue asesinado y Alejandro heredó el reino macedonio. Dos años después cruzó hacia Asia.
Darío quedaría desde entonces definido por la guerra contra un adversario extraordinariamente rápido y agresivo. La historiografía posterior, fascinada con Alejandro, lo convirtió con frecuencia en un monarca débil destinado a huir. Esa imagen es demasiado simple.
Darío fue capaz de reunir grandes ejércitos y reorganizar la resistencia después de derrotas graves. El problema fue que Alejandro no combatía según las expectativas tradicionales de la corte persa. Marchaba rápido, concentraba sus fuerzas en momentos decisivos y buscaba una y otra vez romper directamente el centro enemigo.

El Gran Rey se encontró frente a un adversario que comprendía que derrotar un ejército era importante, pero atacar la legitimidad del rey lo era todavía más.
Entra Alejandro
Con él cambia el ritmo de la historia. En 334 a. C. los macedonios cruzaron el Helesponto. Después de la batalla del Gránico, las ciudades de Asia Menor comenzaron a caer. En Issos, en 333 a. C., Darío y Alejandro se encontraron personalmente por primera vez. El campo de batalla limitó el despliegue persa y la presión macedonia terminó rompiendo el centro.
Darío huyó, siendo repetida durante siglos como señal de cobardía, pero para un monarca persa sobrevivir era también una necesidad política. La muerte del Gran Rey podía provocar una crisis mucho mayor que la pérdida de una batalla.

Alejandro comprendió inmediatamente el valor simbólico de la victoria. La familia de Darío quedó en sus manos. El vencedor comenzó a comportarse no como un simple saqueador, sino como alguien que pretendía apropiarse del lugar de su enemigo.
Después vino Egipto
La antigua provincia aqueménida recibió a Alejandro sin una resistencia comparable a la que había ofrecido contra Persia. El macedonio fue reconocido como faraón y reforzó deliberadamente su nueva legitimidad. El conquistador había comenzado a acumular coronas.
Darío tuvo tiempo para organizar una segunda gran respuesta. En 331 a. C. eligió para el enfrentamiento una llanura cercana a Gaugamela donde podía desplegar mejor su caballería y sus carros.
La batalla fue gigantesca, esta vez no podía culparse al terreno. Pero Alejandro volvió a conseguir lo que buscaba, abrir una brecha hacia la posición del Gran Rey. Cuando la situación se volvió peligrosa, Darío abandonó nuevamente el campo.
La derrota fue mucho más grave que Issos porque dejó abierto el corazón del imperio. Babilonia cayó, Susa cayó, Persépolis cayó. El centro ceremonial de la monarquía aqueménida quedó en manos de Alejandro.
La guerra continuaba, pero algo fundamental había cambiado. Darío seguía siendo el Gran Rey; sin embargo, Alejandro comenzaba a ocupar las ciudades, tesoros y palacios que hacían visible aquella dignidad. La autoridad se estaba desplazando de un hombre hacia otro.
La muerte del último Gran Rey
Darío huyó hacia las regiones orientales intentando reunir nuevas fuerzas. Esperaba encontrar allí suficientes tropas y aliados para continuar la guerra, pero las élites orientales comenzaron a tomar sus propias decisiones. Entre ellas estaba Bessos, sátrapa de Bactria.
Darío fue finalmente depuesto por miembros de su propio entorno y murió en 330 a. C. durante la retirada, abandonado mortalmente herido cuando Alejandro se aproximaba.
La escena guarda una inquietante correspondencia con la muerte de Xerxes, quien fue asesinado por Artabano, un hombre perteneciente a su propia estructura de poder.
Darío cayó después de ser traicionado por hombres de su propio imperio. El enemigo exterior había ganado las batallas, pero la muerte del rey llegó nuevamente desde dentro. La monarquía aqueménida parecía terminar de la misma manera en que había comenzado a fracturarse, cuando quienes rodeaban al soberano dejaban de creer que su supervivencia dependía de él.

Roxana de Bactria
La caída de Darío no significó el final inmediato de la resistencia. Alejandro tuvo que continuar hacia Bactria y Sogdiana, donde encontró una guerra mucho más difícil de lo que esperaba. Allí aparece Roxana, hija del noble bactriano Oxiartes.
Su matrimonio con Alejandro en 327 a. C. pertenece ya al mundo posterior al último Rey de Reyes, pero ayuda a comprender la transformación que estaba ocurriendo. Alejandro había descubierto que conquistar Persia era una cosa y gobernar los territorios persas otra muy distinta.
Necesitaba a las élites locales, necesitaba alianzas. Necesitaba transformar la victoria militar en legitimidad. Roxana no debe ser entendida únicamente como la joven oriental de la tradición romántica. Era hija de una aristocracia regional poderosa. El matrimonio permitía vincular al conquistador con las familias que controlaban una parte esencial del extremo oriental del antiguo imperio..

Alejandro había destruido el poder de Darío, pero para gobernar el mundo que Darío había perdido debía comenzar a comportarse cada vez más como un soberano asiático.