Hay una forma de recorrer Europa central y oriental que sigue caminos antiguos, cementerios rurales, bosques, habitaciones donde acaba de nacer un niño, casas en las que alguien murmura palabras contra una enfermedad. En ese territorio las criaturas sobrenaturales que muy pocas veces pertenecen a una categoría precisa.
Upir
Upir, upyr, upiór: el nombre cambia al atravesar las lenguas eslavas. Su propia etimología continúa siendo discutida por los folkloristas del mundo eslavo. Una de las menciones medievales más antiguas, del siglo XI, utiliza Upir como nombre propio, de modo que sería aventurado presentarla sin más como la primera aparición escrita del vampiro.

El upir es un problema dentro de la comunidad. Producto de un ritual mal llevado durante la muerte, el entierro o incluso antes del nacimiento. Estamos ante un cadáver que se conserva demasiado bien, y que comienza a daña a quienes se encuentran en su esfera de influencia.
No existe una sola «leyenda original del Upir». Hay una familia de creencias. Eso lo vuelve más interesante. El monstruo tendría una salida literaria, en El Upir o El vampiro, de 1841, Alekséi Konstantínovich Tolstói lleva al antiguo vampiro eslavo desde el cementerio campesino hasta los salones de la aristocracia rusa. La historia comienza durante un baile, cuando el joven Runevski escucha una inquietante revelación, entre los invitados habría muertos viviendo. El joven Tolstói juega constantemente con la duda, sin separar del todo superstición y literatura.
Zagovornik
El término designa, en determinadas tradiciones eslavas, a una persona capaz de utilizar el zagovor, la magia de la palabra. Esta puede ser una fórmula verbal, conjuro o un encantamiento. En la antigua Rusia había znakhari, curanderos, sheptuny, los que susurraban con ángeles y así. Un poder que viene de hablar correctamente. En fuentes dialectales rusas aparece precisamente como quien cura una enfermedad o un daño mediante zagovory.

El acto mágico del zagovor podía utilizarse para sanar, detener una hemorragia, proteger a alguien, favorecer un parto, combatir el mal de ojo o incluso enfrentarse contra el estado, ya sean jueces o autoridades. Hay manuscritos de los siglos XVII y XVIII con fórmulas destinadas a quien debía acudir a un tribunal o presentarse ante un funcionario. También sobrevivieron durante siglos dentro de la medicina campesina.
También habrían casos de magia y palabras oscuras o ligadas al poder de la noche. El cristianismo no destruyó necesariamente estas prácticas. Las transformó. Santos, cruces, la Virgen o Cristo pudieron convivir dentro de una fórmula con paisajes y estructuras mucho más antiguas.
Vukodlak
Traducir vukodlak simplemente como hombre lobo, es incompleto. Aunque sí, en algunas regiones el vukodlak es efectivamente un hombre que adopta características lupinas. En otras es un cadáver que abandona su tumba y caza como un animal. En otras versiones es un monstruo total, que devoraría a la misma creación.
Vuk Karadžić recogió en el siglo XIX una tradición serbia particularmente reveladora. Allí vukodlak y vampiro prácticamente coinciden. Se creía que un espíritu maligno podía entrar en un muerto y animarlo; después el cadáver salía por la noche, atacaba personas y bebía su sangre. El cuerpo sospechoso podía encontrarse hinchado y rojizo. Para destruirlo se recurría al espino y finalmente al fuego. Incluso existían métodos para localizar la tumba mediante un caballo que supuestamente se negaría a pasar sobre ella.

Hacia Dalmacia, la misma familia de palabras conservó con mayor claridad el significado de licántropo.
Así, Según la naturaleza de las transformaciones, estos hombres lobo mitológicos se pueden dividir en tres grupos principales: aquellos que se transforman deliberadamente mediante hechicería, aquellos transformados contra su voluntad por hechizos ajenos, especialmente después de la muerte, y aquellos que se transforman espontáneamente de vez en cuando. La mayoría de ellos simbolizan la integración en otro mundo animalístico y ctónico, cruzando el límite entre mundos.
Dracu o Dracul
En rumano moderno, drac significa fundamentalmente «diablo». Pero detrás de la palabra permanece una historia más antigua. Está vinculada al latín draco, dragón o gran serpiente, descendiente a su vez del griego drákōn. Esa evolución permitió que una misma raíz viajara desde la imagen del reptil monstruoso hasta la del espíritu maligno cristiano.

El gran dragón de los cuentos tradicionales rumanos suele llamarse balaur, y tenemos al zmeu de influencia eslava. Así el Dracu no debe emplearse simplemente como sinónimo moderno de dragón, sino como un símbolo de un mal antiguo, pero amenazante.
Las propias creencias populares conservan huellas de esa mezcla. Recopilaciones rumanas mencionan a un dracu alado mientras san Elías lo persigue con el rayo. De esta ambigüedad procede también uno de los nombres más célebres de Europa. Vlad II recibió el sobrenombre Dracul tras su vinculación con la Orden del Dragón. Su hijo Vlad III utilizó la forma Dracula o Drăculea, entendida históricamente como «hijo de Dracul» o «hijo del Dragón».
Ursitoare
Generalmente son tres. Llegan alrededor del nacimiento, frecuentemente durante la tercera noche, y establecen aquello que acompañará al recién nacido hasta la muerte. El nombre está relacionado con a ursi o destinar. Su parentesco simbólico con las Moiras griegas y las Parcas romanas resulta evidente, aunque la tradición rumana desarrolló sus propios rituales y relatos.

La familia podía dejar preparada una comida para recibirlas. La ofrenda intentaba predisponer favorablemente a quienes estaban a punto de pronunciar algo irreversible, la vida de un ser humano. En testimonios etnográficos, incluso los cambios observados en esa comida al amanecer podían interpretarse como señal de que las Ursitoare habían acudido durante la noche.
De todas estas figuras quizá sea precisamente una mujer real la que terminará transformándose en la criatura nocturna más persistente de la región.
Erzsébet Báthory
Con Erzsébet Báthory este recorrido cambia su naturaleza, pues estamos frente a una mujer que existió.
Nació en 1560 dentro de una de las familias aristocráticas más poderosas del reino de Hungría. Su familia controlaba Transilvania y su tío, Esteban Báthory, era rey de Polonia.

Se casó con Ferenc Nádasdy y, después de enviudar en 1604, administró importantes propiedades familiares. Alrededor de sus residencias comenzaron a circular acusaciones terribles, jóvenes sirvientas golpeadas, torturadas y muertas. En 1610 el palatino György Thurzó dirigió una investigación. Se reunieron numerosos testimonios y varios servidores de Báthory fueron posteriormente juzgados y ejecutados. Ella, en cambio, nunca compareció en un juicio propio. Fue confinada en el castillo de Čachtice, donde murió en 1614.
La historia documentada ya es suficientemente oscura, pero sobre ella creció otra mucho más vibrante. La leyenda nos habla de una cruel asesina en serie obsesionada por la belleza, la cual utilizaba la sangre de sus jóvenes sirvientas para mantenerse joven en una época en que una mujer de 44 años se acercaba peligrosamente a la ancianidad. Una de sus primeras formulaciones impresas importantes se encuentra en la obra del jesuita László Turóczi, publicada en 1729, más de un siglo después de su muerte.
Los historiadores modernos Radu Florescu y Raymond T. McNally han concluido que la teoría de que Báthory asesinaba por vanidad surgió a partir de los prejuicios de la época sobre los roles de género. No se creía que las mujeres fueran capaces de ejercer la violencia por la violencia misma. A principios del siglo XIX, el motivo de la vanidad fue cuestionado por primera vez, y el placer sádico pasó a considerarse un móvil mucho más plausible para los crímenes de Báthory.
No sabemos con certeza cuántas víctimas hubo ni hasta qué punto algunos testimonios fueron deformados por rumores, intereses políticos o interrogatorios violentos. Tampoco resulta prudente convertirla, por reacción, en una inocente víctima de una conspiración. Las acusaciones de crueldad existieron y fueron numerosas, aun así algunos historiadores han examinado posibles intereses políticos, económicos y familiares detrás de su confinamiento, pero el expediente no permite declarar su inocencia.