Celebrar el Día de la Niñez es reconocer que la infancia posee un valor propio. No es únicamente una preparación para la vida adulta ni una sala de espera en la que permanecemos hasta convertirnos en personas “completas”. La niñez es ya una forma plena de estar en el mundo: intensa, vulnerable, curiosa y abierta al descubrimiento.

También es una etapa que no siempre ha sido comprendida de la misma manera. La humanidad ha protegido, educado, utilizado, temido y amado a sus niños de formas diferentes. Cada sociedad ha imaginado qué significa crecer y qué espera de quienes todavía están aprendiendo a nombrar las cosas. Mirar la infancia a través de la historia nos permite comprender cuánto hemos avanzado, pero también cuánto queda todavía por defender.

1. La niñez en el antiguo Egipto

En el antiguo Egipto, el nacimiento de un niño era motivo de alegría, pero también de preocupación. La vida era frágil y los primeros años estaban rodeados de prácticas destinadas a proteger a la madre y al recién nacido. Amuletos, fórmulas mágicas y divinidades protectoras formaban parte de un universo en el que medicina, religión y vida cotidiana no se encontraban separadas.

Los niños aparecen en pinturas, relieves y esculturas junto a sus familias. A menudo fueron representados desnudos, con un dedo cerca de la boca y con el característico mechón lateral que simbolizaba la infancia. Estas imágenes no nos cuentan toda su vida, pero muestran que los egipcios reconocían señales y etapas propias de los primeros años.

Los objetos arqueológicos también permiten imaginar algunos de sus juegos. Se han encontrado pelotas, animales articulados, figuras de madera y pequeñas representaciones humanas que pudieron ser juguetes, aunque los arqueólogos advierten que no siempre resulta sencillo distinguir una muñeca infantil de una figura religiosa o relacionada con la fertilidad.

El juego podía enseñar comportamientos y preparar a los pequeños para los papeles que ocuparían dentro de la sociedad.

Ilustradora – PAZ HUICHAMAN

2. La niñez durante la Edad Media

Durante mucho tiempo se repitió que en la Edad Media los niños eran considerados simplemente adultos pequeños. Hoy sabemos que esta afirmación es demasiado simple. Las sociedades medievales reconocían la infancia como una etapa particular. Existían juguetes, canciones, cuentos, juegos colectivos, escuelas y recomendaciones específicas para el cuidado y la educación de los más jóvenes. El historiador Nicholas Orme ha reunido abundantes testimonios sobre sus juegos, rimas, aprendizajes, relaciones familiares e incluso travesuras.

Los hijos de campesinos participaban desde temprano en las tareas familiares. Los niños de los gremios podían entrar como aprendices en talleres, mientras que los pertenecientes a la nobleza eran educados para administrar tierras, combatir, ingresar a la Iglesia o establecer alianzas familiares.

La educación no era igual para todos y una parte importante del aprendizaje ocurría dentro de la casa, la parroquia, el taller o la comunidad. Sin embargo, incluso bajo estas exigencias, los niños jugaban. Corrían por calles y campos, utilizaban muñecos, pelotas, peonzas y objetos fabricados por ellos mismos. Inventaban canciones y se burlaban de las normas, como lo demuestra un pequeño manual inglés del siglo XV que intentaba enseñarles a comportarse en la mesa y a abandonar costumbres poco elegantes.

La infancia medieval podía ser breve en términos sociales, porque las responsabilidades aparecían pronto, pero no era inexistente.

Ilustrador – FRANXO

3. La niñez en la América precolombina

América albergó numerosas civilizaciones, pueblos y formas de organización. No existió una única manera indígena de criar a los niños, del mismo modo que no existió una sola religión, lengua o visión del universo.

En muchas sociedades americanas, niñas y niños crecían incorporándose progresivamente a la vida comunitaria. Aprendían mediante la observación, la imitación, la narración oral y la participación en actividades cotidianas. Los mayores no siempre separaban la enseñanza de la vida diaria: cultivar, hilar, pescar, preparar alimentos, conocer plantas, cuidar animales o escuchar las historias de los antepasados constituían formas de aprendizaje.

Las tradiciones mesoamericanas muestran que el juego, el trabajo y el ritual podían encontrarse estrechamente relacionados. Estudios sobre las infancias purépechas señalan que los niños aprenden observando a los adultos y transmitiendo después lo aprendido a los más pequeños. Algunas labores pueden ser asumidas con seriedad y, al mismo tiempo, transformarse en juego.

Los juegos de pelota mesoamericanos son un buen ejemplo de esta complejidad. No eran únicamente ejercicios físicos. Podían representar movimientos cósmicos, conflictos míticos, ceremonias políticas o relaciones entre la vida y la muerte. El juego podía ser diversión, aprendizaje, competencia y rito al mismo tiempo.

En los Andes, Mesoamérica y el territorio que hoy llamamos Chile, los niños también aprendieron a reconocerse como parte de una comunidad humana, natural y ancestral.

Ilustrador – ARGUS DEL NORTE

4. El nacimiento de la infancia moderna

La idea moderna de la infancia comenzó a consolidarse lentamente entre los siglos XVIII y XIX. Filósofos, educadores y escritores insistieron en que el niño poseía necesidades particulares y que no debía ser tratado simplemente como un adulto incompleto. La expansión de la escolarización, la literatura infantil y los juguetes fabricados especialmente para determinadas edades ayudó a establecer la infancia como una etapa diferenciada.

Pero este proceso estuvo lleno de contradicciones. Mientras algunas familias empezaban a imaginar la infancia como un territorio de inocencia, educación y protección, miles de niños trabajaban en fábricas, minas, talleres, campos y calles. La modernidad inventó la escuela infantil, pero también la explotación industrial del trabajo infantil. Produjo libros destinados a los niños, pero permitió que muchos de ellos crecieran entre el hambre, la violencia y el abandono.

La Declaración de Ginebra de 1924 fue uno de los primeros acuerdos internacionales dedicados a la protección infantil. En 1959, las Naciones Unidas aprobaron la Declaración de los Derechos del Niño. Finalmente, el 20 de noviembre de 1989 se adoptó la Convención sobre los Derechos del Niño, que reconoce derechos relacionados con la vida, la identidad, la educación, la salud, la protección, la participación y el desarrollo integral.

Ilustrador – NITROX

Jugar también es un derecho

El juego suele ser tratado como una recompensa: primero se estudia, se ordena o se obedece y, si queda tiempo, se puede jugar. Sin embargo, para un niño el juego no es lo contrario del aprendizaje. Es una de sus principales formas de aprender.

Cuando juega, el niño ensaya el mundo. Una caja se convierte en un barco; una piedra puede ser un tesoro; el patio se transforma en un reino amenazado. Mediante esas ficciones aprende a resolver problemas, expresar emociones, negociar reglas, tolerar frustraciones, imaginar posibilidades y comprender a los demás. El juego desarrolla habilidades físicas, lingüísticas, sociales, cognitivas y emocionales.

Jugar tampoco requiere necesariamente objetos costosos. Los grandes territorios de la imaginación suelen comenzar con elementos sencillos: barro, madera, papel, agua, hojas, telas, sonidos y palabras. Lo verdaderamente importante es disponer de tiempo, seguridad y libertad para explorar.

Por esta razón, la Convención sobre los Derechos del Niño no considera el juego como un lujo. Su artículo 31 reconoce el derecho de niñas y niños al descanso, el esparcimiento, el juego, las actividades recreativas y la participación en la vida cultural y artística.

Defender el juego significa proteger parques y patios seguros, pero también evitar que la infancia sea completamente colonizada por las obligaciones, las evaluaciones, las pantallas dirigidas y las expectativas adultas. Incluso el aburrimiento puede ser fecundo: abre un espacio en el que el niño debe inventar qué hacer, escuchar sus propias preguntas y crear algo que antes no existía.

En el Día de la Niñez celebramos la alegría, la curiosidad y la imaginación. Pero también renovamos una responsabilidad, es que una sociedad que obliga a sus niños a crecer demasiado rápido termina envejeciendo por dentro. En cambio, una comunidad que protege su capacidad de jugar conserva también algo esencial de sí misma: la posibilidad de imaginar que el mundo todavía puede ser diferente.

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