Cuando Bram Stoker eligió Transilvania como patria de Drácula encontró una región donde durante siglos habían convivido pueblos, lenguas y religiones diferentes, y donde montañas, bosques, tormentas y aldeas conservaban numerosas historias sobre muertos que regresaban, hechiceros que dominaban el clima, dragones, espíritus de las aguas y criaturas escondidas en los límites del mundo.
Seamos claros, el irlandés Stoker nunca visitó Transilvania. Buena parte de su conocimiento del folklore regional procedía de libros, especialmente del artículo “Transylvanian Superstitions”, publicado por Emily Gerard en 1885. Gerard había vivido en la región y reunió numerosas creencias locales, aunque las observó también desde la mirada de una viajera británica del siglo XIX.
Stoker utilizó varios de esos materiales en Drácula, entre ellos las supersticiones vampíricas y la misteriosa Scholomance.
El mundo mítico de Rumania es mucho mayor que el que aparece en la novela, y en esta edición exploraremos parte de este gran universo.
Dragones y brujos bajo las montañas
Entre sus criaturas más espectaculares se encuentra el Balaur, enorme ser serpentino que en los cuentos puede poseer varias cabezas, alas y una fuerza monstruosa. En los mitos suele guardar tesoros, en los cuentos de hadas rapta doncellas y en textos más modernos aparece frecuentemente como adversario del héroe.

Cerca de él, aunque no idéntico, está el Zmeu. En las narraciones populares el zmeu, pariente del zmey ruso, suele poseer rasgos mucho más humanos. Puede hablar, combatir con armas, montar a caballo, habitar palacios y enamorarse o apoderarse de mujeres humanas. Es monstruo, gigante y señor sobrenatural al mismo tiempo. Su forma femenina, la Zmeoaică, aparece como esposa, madre o equivalente femenino del zmeu.
Balaur y zmeu han terminado muchas veces confundidos, pero originalmente ocupan lugares distintos, uno se aproxima al gran dragón monstruoso, el otro pertenece al mundo de las bestias que enfrentan a los héroes como Făt-Frumos.
Esta diferencia se vuelve especialmente interesante cuando aparecen los Solomonari, estos son hechiceros asociados al conocimiento secreto y, sobre todo, al dominio del clima. Las tradiciones les atribuyen la capacidad de convocar tormentas, granizo y rayos. En algunos relatos montan al balaur y se elevan con ellos hacia las nubes para dirigir las tempestades.


De estas historias nace una de las referencias más extraordinarias de Drácula, la Scholomance. Emily Gerard describió una escuela escondida en las montañas donde el Diablo enseñaba los secretos de la naturaleza, la lengua de los animales y toda clase de encantamientos.
Solo diez estudiantes eran admitidos, nueve podían regresar al mundo para ejercer como brujos de sus localidades y el décimo quedaba al servicio del Diablo, encargado de ayudarlo a producir las tormentas. Stoker incorporó casi directamente la historia. Van Helsing afirma que los Drácula habían aprendido secretos del Maligno en la Scholomance y, más adelante, dice que el propio conde había estudiado allí.

Vampiros propios de la región
Tenemos claro que los muertos no siempre permanecen muertos. El ser más cercano al vampiro tradicional en esta región es el Strigoi. No existe una descripción única capaz de contener todas sus variantes de los cuentos. En algunas tradiciones pueden existir strigoi vivos, que serían como los brujos. Sin embargo la mayoría de los relatos hablan de muertos que caminan, que regresan de sus tumbas y perjudican a la familia, se alimentan de los animales o enferman a la comunidad.


Estas creencias ayudan a comprender por qué el vampiro de Stoker encontró en Transilvania un territorio narrativo tan fértil. El conde no es simplemente un strigoi convertido en personaje literario, pero ambos comparten la inquietud fundamental del cadáver que conserva voluntad después de la muerte.
Uno de los casos históricos más tempranos asociados con los strigoi es el de Jure Grando Alilović (1579–1656), habitante de Istria. Según los relatos conservados, después de su muerte comenzó a ser identificado como strigoi, štrigon o štrigun y habría regresado durante años para atormentar a los habitantes de su aldea, Kringa. La tradición asegura que sus apariciones continuaron durante dieciséis años, hasta que un grupo de vecinos, acompañado por un sacerdote, abrió su tumba y finalmente lo decapitó.
El caso fue recogido por el erudito carniolano Johann Weikhard von Valvasor en La gloria del ducado de Carniola, publicada en 1689, después de visitar la región. Su relato es uno de los testimonios escritos más antiguos sobre un muerto al que se atribuyen características que hoy reconoceríamos como vampíricas.
Muy próximo aparece el Moroi. Las tradiciones y los nombres varían considerablemente según las regiones, por lo que resulta arriesgado establecer una clasificación demasiado rígida entre moroi y strigoi. El término puede designar fantasmas o muertos inquietos, y algunas fuentes lo relacionan especialmente con niños fallecidos sin bautismo. Se trata de una tradición más campesina y rural.
En la tradición húngara el Morák aparece como una figura destinada a provocar miedo, cercana al hombre del saco. Su presencia pertenece sobre todo al imaginario infantil: los niños se asustaban unos a otros advirtiendo que “venía el Morák”.
El pricolici por su parte aparece asociado al lobo o al perro salvaje y, en algunas tradiciones, a hombres violentos que después de morir continúan haciendo daño bajo forma animal. La frontera entre vampiro y licántropo se vuelve entonces mucho menos clara que en las clasificaciones modernas. Para estas antiguas creencias no siempre existía una división limpia entre vampiros, brujos y hombres lobo.

La variedad es grande, recordemos, por ejemplo, el trabajo del etnólogo Tatomir Vukanović, que registró relatos sobre calabazas y sandías vampiro. Pues se creía que ciertos frutos almacenados demasiado tiempo podían comenzar a moverse solos, agitarse y emitir sonidos extraños
El paisaje tiene alma y voluntad
La Muma Pădurii, literalmente la “Madre del Bosque”, pertenece a un legado feérico y precristiano. Es una figura femenina vinculada a la naturaleza salvaje, generalmente representada como vieja poderosa, terrible y deforme que puede extraviar a quienes entran en sus dominios.

Sin embargo, su figura es más antigua y compleja que una simple bruja de los bosques. Algunas interpretaciones conservan en ella rastros de una antigua divinidad o espíritu protector de la naturaleza, posteriormente demonizado. Puede ser peligrosa, pero su ferocidad responde también a la defensa de un espacio que le pertenece.
La Vâlva Apei, el espíritu o señora de las aguas, puede habitar ríos, fuentes y lagos. En algunas regiones se confunde con la Știma Apei, una mujer sobrenatural que surge de las aguas y puede atraer hacia ellas a los vivos. Aunque esta es la más conocida, las vâlve no se limitan al agua, existen espíritus relacionados con bosques, minas, tesoros y otros espacios naturales.




Del lado más luminoso aparecen las Zâne, figuras femeninas sobrenaturales que pueden aproximarse a nuestra idea de las hadas. Suelen ser hermosas, benéficas y poseedoras de poderes extraordinarios. Ayudan a héroes, protegen y otorgan dones, aunque el folklore nunca vuelve completamente inofensivos a los seres sobrenaturales. La propia palabra zână probablemente conserva una relación antigua con el nombre de Diana, la diosa romana.


Las Sânziene pertenecen a un espacio cercano, aunque diferente. El nombre designa tanto a determinadas flores como a la celebración popular del 24 de junio y a seres femeninos sobrenaturales asociados con esa noche. En las tradiciones pueden aparecer como jóvenes que bailan, conceden fertilidad o favorecen las cosechas, pero su poder exige respeto.
Mucho más extraños son los Blajini, llamados también Rohmani en algunas regiones. Se los describe como seres piadosos y pacíficos que viven lejos de la humanidad, en los confines del mundo, próximos al misterioso curso de la Apa Sâmbetei. Una tradición cuenta que desconocen cuándo llega la Pascua. Para avisarles, las personas arrojan al agua cáscaras de huevos rojos, que viajan hasta su remoto territorio. De esta creencia procede el Paștele Blajinilor, la Pascua de los Blajini, ligada también a la memoria de los muertos y los antepasados.

Las Keshalyi, la reina Ana y el rey de los Loçolicos, también transcritos como Locolics o Loholici, pertenecen a tradiciones romaníes, gitanas, recogidas en Transilvania, especialmente en materiales publicados a fines del siglo XIX por Heinrich von Wlislocki.
Las Keshalyi son seres femeninos sobrenaturales, próximos a ninfas o hadas. En uno de los relatos, su reina es Ana, presentada como una mujer de belleza extraordinaria. El rey de los Loçolicos se enamora de ella y pretende convertirla en su esposa. Ana lo rechaza y el conflicto desencadena una guerra entre dos órdenes sobrenaturales.


Los Loçolicos aparecen como seres demoníacos, enemigos de las Keshalyi. Algunas versiones explican que fueron originalmente humanos transformados en criaturas monstruosas. El relato conserva además motivos de sangre, sacrificio, deseo y persecución que lo vuelven bastante más oscuro que un sencillo cuento de hadas. Estudios posteriores identifican esta narración como parte de las tradiciones romaníes centroeuropeas documentadas por Wlislocki.
Y esto es solo asomarse un poco al reino asombroso, por eso siempre digo que reducir el folklore rumano a Drácula sería perderse de casi todo lo interesante, pero nosotros siempre andamos curiosos espiando detrás de las cortinas.