Hay ciudades que sobreviven a sus edificios. Alejandría pertenece a esa clase excepcional. Fundada por Alejandro Magno en 331 a. C. y convertida después en capital de los Ptolomeos, nació mirando simultáneamente hacia Egipto, Grecia y el Mediterráneo. Su puerto recibía mercancías, embajadas, viajeros y lenguas procedentes de lugares muy distintos; pero su construcción más duradera no fue una fortaleza ni un palacio. Fue una idea: reunir el conocimiento conocido en un mismo lugar.

Biblioteca Alexandrina, arte por Argus del Norte

La Biblioteca de Alejandría se convirtió por ello en algo mayor que una colección de rollos. Formaba parte de un proyecto intelectual asociado al Mouseion, institución consagrada a las Musas y mantenida por la monarquía ptolemaica. Allí podían trabajar estudiosos dedicados a la poesía, la medicina, las matemáticas, la astronomía, la geografía, la gramática y la crítica de los textos. La ambición era extraordinaria incluso para nuestra época: buscar libros, copiarlos, compararlos, clasificarlos y establecer versiones fiables de obras que durante siglos habían circulado con diferencias, errores y añadidos.

Eso explica por qué Alejandría puede ser recordada como una Luz del Saber. No porque todo el conocimiento antiguo se encontrara encerrado entre sus muros, ni porque fuera la única biblioteca importante de su tiempo, sino porque allí apareció una nueva forma de relacionarse con lo escrito. El texto dejó de ser únicamente algo que debía conservarse. También podía ser interrogado, corregido, dividido, comparado con otros manuscritos y ordenado dentro de una tradición.

La verdadera grandeza de Alejandría estuvo en enseñar que preservar un libro significa también aprender a leerlo.

Zenódoto de Éfeso: ordenar la memoria

Uno de los primeros nombres que debemos colocar en el centro de esta historia es Zenódoto de Éfeso, activo durante la primera mitad del siglo III a. C. Es considerado el primer director conocido de la Biblioteca de Alejandría y estuvo estrechamente vinculado a los primeros Ptolomeos. Su tarea permite comprender que la biblioteca fue desde el comienzo mucho más que un depósito de manuscritos.

Zenódoto de Éfeso, arte por Nadinne Neira

Zenódoto dedicó especial atención a Homero. Los poemas homéricos habían circulado durante siglos mediante recitación, copia y transmisión manuscrita, por lo que podían existir variantes entre unas versiones y otras. El trabajo del erudito consistía en comparar esos textos, identificar interpolaciones, proponer lecturas y establecer una versión que consideraba más próxima a la tradición correcta. Con Zenódoto aparece de forma muy visible una de las actividades que convertirían a Alejandría en un centro fundamental de la filología antigua: la crítica textual.

Su importancia no está solamente en aquello que decidió conservar o excluir de Homero. Está en el método. Ante varias versiones de un mismo verso, alguien debía detenerse y preguntar cuál era anterior, cuál podía proceder de un copista y cuál concordaba mejor con el conjunto de la obra. La biblioteca se transformaba así en un lugar donde la memoria no era aceptada pasivamente. Era examinada.

Ordenar los textos equivalía, en cierto sentido, a ordenar el pasado.

Apolonio de Rodas y los Argonautas

Otra figura fundamental fue Apolonio de Rodas, poeta, gramático y autor de las Argonáuticas. La tradición antigua lo relaciona estrechamente con la Biblioteca y lo presenta como sucesor de Zenódoto en su dirección. Su gran poema sobre Jasón y la expedición de los Argonautas muestra hasta qué punto creación literaria y erudición podían convivir dentro del mundo alejandrino.

Las Argonáuticas no son simplemente una repetición tardía de las viejas aventuras heroicas. Apolonio escribe después de siglos de literatura griega y conoce perfectamente el peso de Homero. Puede recurrir a antiguos mitos, comparar tradiciones locales, introducir explicaciones geográficas y construir personajes que pertenecen a una sensibilidad diferente de la épica arcaica. Jasón no es Aquiles. Medea posee una profundidad psicológica que ocupa una parte esencial del poema. La antigua leyenda ha entrado en la biblioteca y sale de ella transformada.

Apolonio representa perfectamente la paradoja alejandrina. La acumulación de libros no destruyó necesariamente la imaginación. Le proporcionó un territorio nuevo. Un escritor podía caminar, metafóricamente, entre siglos de textos y escoger entre ellos fragmentos con los que volver a contar una historia.

Apolonio de Rodas, arte por Rodo Alarcón

La biblioteca no era únicamente el lugar donde terminaban los libros.

Era también el lugar donde comenzaban otros.

Licofrón y el trabajo invisible

Menos conocido para el lector moderno es Licofrón de Calcis, poeta y erudito que trabajó en Alejandría durante el reinado de Ptolomeo II Filadelfo. Una tradición antigua afirma que recibió el encargo de ordenar y estudiar las obras de los autores cómicos conservadas en la colección real, mientras otros estudiosos atendían diferentes géneros literarios.

Su presencia resulta especialmente útil para comprender el trabajo cotidiano de una institución semejante. Las grandes bibliotecas no se construyen únicamente con nombres célebres. Alguien tiene que identificar autores, comparar títulos, separar géneros, reconocer obras atribuidas incorrectamente y determinar qué manuscrito corresponde a qué escritor. Antes de que exista una historia de la literatura debe existir alguien dispuesto a clasificarla.

Licofrón fue también poeta, y la obra que tradicionalmente lleva su nombre, la Alejandra, se hizo célebre por su lenguaje oscuro y sus numerosas alusiones mitológicas. Esa densidad erudita pertenece perfectamente al ambiente intelectual de la ciudad. Alejandría podía producir una literatura que suponía lectores capaces de reconocer tradiciones antiguas, genealogías heroicas y variantes de mitos dispersos en numerosos textos.

Licofrón de Calcis, por Juan Vásquez

En este mundo, conocer era también recordar dónde estaba escondida una referencia.

Una biblioteca para conquistar el mundo sin ejércitos

Los Ptolomeos comprendieron pronto que poseer libros era una forma de prestigio político. Su dinastía era macedonia y gobernaba un país con una tradición cultural milenaria. Alejandría se transformó en una herramienta para construir legitimidad y atraer especialistas desde otros lugares del Mediterráneo. La riqueza de la monarquía podía emplearse para sostener estudiosos y adquirir manuscritos, del mismo modo que podía utilizarse para construir flotas o templos. La Biblioteca y el Mouseion formaban parte de esa representación del poder ptolemaico.

Sin embargo, ocurrió algo que suele suceder con las grandes instituciones culturales: terminaron siendo mucho más importantes que las razones políticas que ayudaron a crearlas. Los Ptolomeos buscaban prestigio; los estudiosos terminaron construyendo herramientas intelectuales cuya influencia sobrevivió a la propia dinastía.

Luz del Saber, Nadinne Neira

La crítica de Homero, los estudios de gramática, la poesía alejandrina, los avances matemáticos y la preocupación por ordenar sistemáticamente los textos pasaron a formar parte de una herencia que continuaría mucho después de que los reyes macedonios desaparecieran.

El poder reunió los libros.

Los libros sobrevivieron al poder.

El ataque a la Biblioteca

Aquí comienza, sin embargo, la parte más famosa y probablemente peor comprendida de su historia: el ataque a la Biblioteca.

Nuestra imaginación desea un momento preciso. Una noche. Un ejército. Antorchas levantadas y miles de rollos convirtiéndose en humo mientras alguien observa impotente cómo desaparece la sabiduría del mundo antiguo. Es una imagen magnífica y terrible, pero la historia parece haber sido mucho más confusa.

No disponemos de pruebas sólidas para afirmar que la Biblioteca de Alejandría desapareció entera durante un único incendio. Su decadencia probablemente fue resultado de varios episodios ocurridos a lo largo de siglos, combinados con transformaciones políticas, guerras, deterioro institucional y cambios en la propia vida intelectual de la ciudad. Incluso la Bibliotheca Alexandrina moderna ha promovido encuentros académicos dedicados específicamente a discutir el destino de la antigua institución, precisamente porque las fuentes permiten interpretaciones diferentes.

Uno de los episodios más conocidos ocurrió en el 48 a. C., durante la guerra alejandrina de Julio César. El fuego provocado en la zona portuaria alcanzó depósitos y destruyó libros, aunque existe discusión sobre qué parte de las colecciones fue afectada y si el edificio principal de la Biblioteca sufrió directamente aquella destrucción. Los siglos posteriores trajeron nuevos conflictos, incluido el daño sufrido por distintos sectores de Alejandría durante las guerras del Imperio romano.

La gran Biblioteca real parece haberse desvanecido gradualmente de la documentación. Existía además otra colección vinculada al Serapeo, el gran templo de Serapis. Cuando este santuario fue destruido en 391 d. C. durante los conflictos religiosos de la ciudad, las fuentes permiten afirmar la destrucción del templo, pero no demostrar que allí permaneciera entonces intacta una enorme biblioteca comparable con la antigua colección ptolemaica.

La historia de una biblioteca perdida terminó convirtiéndose así en una batalla por decidir quién debía cargar con la culpa.

El incendio que necesitábamos imaginar

Durante siglos se culpó alternativamente a César, a los romanos, a los cristianos o a los conquistadores árabes. La célebre historia según la cual el califa Umar habría ordenado destruir los libros después de la conquista árabe de Alejandría aparece en fuentes escritas muchos siglos después de los hechos y es considerada históricamente insostenible.

La persistencia de estas historias dice algo interesante sobre nosotros. Necesitamos imaginar que la pérdida del conocimiento tiene un culpable preciso porque resulta difícil aceptar una explicación más incómoda: las instituciones también pueden morir lentamente. Presupuestos que desaparecen, guerras, edificios abandonados, especialistas que emigran, manuscritos que dejan de copiarse y generaciones que ya no consideran indispensable conservar determinadas obras pueden destruir tanto como el fuego.

Ataque a la Biblioteca, arte por Nadinne Neira

Un libro antiguo posee además una vulnerabilidad particular. No basta con escribirlo una vez. Debe ser copiado una y otra vez. Si durante varias generaciones nadie reproduce un texto, este puede desaparecer aunque ninguna persona lo arroje deliberadamente a una hoguera.

La destrucción de Alejandría, por tanto, no debería convertirse únicamente en una historia sobre llamas.

También es una historia sobre el olvido.

Hipatia

Hipatia de Alejandría pertenece a esta historia, pero debemos colocarla en el lugar correcto.

Nació varios siglos después de Zenódoto, Licofrón y Apolonio. Fue matemática, astrónoma y filósofa neoplatónica, hija del matemático Teón de Alejandría. Enseñó en la ciudad entre finales del siglo IV y comienzos del V d. C., cuando el mundo de los primeros Ptolomeos pertenecía ya a un pasado remoto. Su escuela intelectual no era la antigua Biblioteca ptolemaica y no existe fundamento para convertirla, como ocurre a veces en relatos modernos, en su última bibliotecaria.

Sin embargo, excluirla completamente de la historia de Alejandría sería cometer el error contrario. Hipatia pertenece a la herencia intelectual alejandrina. Trabajó en matemáticas, astronomía y filosofía dentro de una ciudad que llevaba siglos acostumbrada a considerar esas disciplinas parte de su identidad. Su padre estuvo relacionado con un ambiente académico que todavía utilizaba el nombre de Mouseion, aunque aquella institución tardía no debe confundirse sin más con el Mouseion helenístico de los Ptolomeos.

Hipatia, arte por Matias Habert

La muerte de Hipatia en 415 d. C. ocurrió dentro de un conflicto político y religioso particularmente violento. Fue asesinada por una multitud cristiana en medio de la lucha de poder que enfrentaba al prefecto Orestes con Cirilo, obispo de Alejandría. Su asesinato no coincide con la destrucción de la Gran Biblioteca, que ya había dejado de existir en su forma antigua mucho antes.

Aun así, resulta difícil impedir que ambas historias se acerquen simbólicamente.

Una ciudad que durante siglos había atraído a quienes buscaban libros terminaba asesinando a una mujer conocida precisamente por enseñar.

Lo que realmente se perdió

Nunca sabremos con precisión cuántos textos desaparecieron junto con las distintas colecciones alejandrinas. Las cifras antiguas sobre el número de rollos varían considerablemente y no pueden convertirse con facilidad en el equivalente moderno de una cantidad determinada de libros.

Sabemos algo más doloroso: una enorme proporción de la literatura producida en la Antigüedad no llegó hasta nosotros. Conocemos autores únicamente por referencias de otros escritores. Conservamos fragmentos de obras que alguna vez estuvieron completas. Sabemos que existieron tragedias, tratados históricos, poemas, estudios filosóficos y trabajos científicos de los que apenas queda un título.

Pero sería injusto imaginar Alejandría solamente como una tumba de libros perdidos.

También fue uno de los lugares donde numerosos textos consiguieron sobrevivir.

La labor de Zenódoto y otros filólogos ayudó a fijar la tradición homérica. Los estudios alejandrinos influyeron profundamente en la gramática y la crítica literaria posteriores. Apolonio de Rodas llegó hasta nosotros. Buena parte de aquello que sabemos sobre la literatura griega antigua depende directa o indirectamente del trabajo de generaciones de especialistas que copiaron, comentaron y ordenaron textos.

La Biblioteca fue destruida, pero su método no.

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